viernes, 11 de junio de 2021

Houellebecq y la eutanasia


Viñeta de Glon.  
Houellebecq contra el suicidio por eutanasia. "Milito en favor de una vida con plena salud hasta el final"


Alegato del conocido autor francés en conta de la eutanasia. Aquí en V.O.  en Le Figaro.

 

Y aquí debajo una tradu exprés.


"Una civilización que legaliza la eutanasia pierde todo derecho al respeto"


LE FIGARO. 5 de abril de 2021

Mientras se debate esta semana [la del 5 de abril] en la Asamblea un proyecto de ley para legalizar el suicidio asistido, el escritor, que muy rara vez interviene en el debate público, explica por qué se opone ferozmente a lo que considera una ruptura antropológica sin precedentes.

Por Michel Houellebecq

Premisa número1: nadie quiere morir. Por lo general, uno prefiere una vida disminuida a no tener ninguna vida; porque todavía hay pequeñas alegrías. ¿Acaso la vida no es, casi por definición, un proceso de disminución? ¿Y hay más alegrías que las pequeñas (esto merecería ser explorado)?

Premisa número 2: Nadie quiere sufrir. Es decir, sufrir físicamente. El sufrimiento moral tiene su encanto, e incluso puede utilizarse como material estético (y yo no he privado de ello). El sufrimiento físico no es más que un puro infierno, carente de interés y significado, del que no se puede aprender ninguna lección. La vida puede haber sido descrita sumariamente (y falsamente) como una búsqueda de placer; es, con mucha más seguridad, una evitación del sufrimiento; y casi todo el mundo, ante la alternativa entre el sufrimiento insoportable y la muerte, elige la muerte.

Premisa número 3, la más importante: el sufrimiento físico puede ser eliminado. Principios del siglo XIX: descubrimiento de la morfina; desde entonces han aparecido un gran número de moléculas relacionadas. Finales del siglo XIX: redescubrimiento de la hipnosis; todavía se utiliza poco en Francia.

Sólo la omisión de estos hechos puede explicar las espantosas encuestas a favor de la eutanasia (96% a favor, si no recuerdo mal). El 96% de las personas entienden que se les haga la pregunta: "¿Prefiere que le ayuden a morir o pasar el resto de su vida con un dolor insoportable?", mientras que el 4% conoce realmente la morfina y la hipnosis; el porcentaje parece plausible.

Me resisto aquí a lanzar un alegato a favor de la despenalización de las drogas (y no sólo de las "blandas"); ese es otro tema, sobre el que me remito a las sabias observaciones del excelente Patrick Eudeline.

Los partidarios de la eutanasia se llenan la boca con palabras cuyo significado desvirtúan hasta el punto de que ni siquiera se les debería permitir pronunciarlas. En el caso de la "compasión", la mentira es palpable. En el caso de la "dignidad", es más insidiosa. Nos hemos alejado gravemente de la definición kantiana de dignidad al sustituir progresivamente el ser moral por el ser físico (¿negando la noción misma de ser moral?), al sustituir la capacidad propiamente humana de actuar obedeciendo al imperativo categórico por la concepción más animal y más plana del estado de salud, que se ha convertido en una especie de condición de posibilidad de la dignidad humana, hasta representar finalmente su único significado verdadero.

La dignidad es algo sin lo que podemos vivir; podemos prescindir de ella. Por otro lado, todos tenemos una mayor o menor necesidad de sentirnos necesarios o queridos, a falta de ser valorados.

En este sentido, apenas he tenido la impresión, a lo largo de mi vida, de mostrar una dignidad excepcional; y no tengo la impresión de que la cosa vaya a mejorar. Voy a acabar perdiendo el pelo y los dientes, mis pulmones van a empezar a desmoronarse. Me volveré más o menos indefenso, más o menos impotente, quizá incontinente, quizá ciego. Al cabo de un tiempo, una vez alcanzado cierto grado de degradación física, inevitablemente acabaré diciéndome (si, con suerte, no me lo hacen ver) que no me queda dignidad.

Bueno, ¿y qué? Si eso es la dignidad, podemos vivir sin ella; no la necesitamos. Por otro lado, todos necesitamos sentirnos necesitados o queridos, o al menos valorados, o incluso, posiblemente en mi caso, admirados. También es cierto que podemos perderla; pero no podemos hacer mucho al respecto; los demás juegan un papel muy decisivo en este sentido. Y me veo pidiendo morir sólo con la esperanza de que alguien me diga: "No, no, no, quédate con nosotros"; eso sería propio de mí. Y lo que es más, lo confieso sin la menor vergüenza. La conclusión, me temo, es obvia: soy un ser humano absolutamente desprovisto de toda dignidad.

Uno de los argumentos habituales es que Francia está "atrasada" con respecto a otros países. La exposición de motivos del proyecto de ley que se presentará próximamente a favor de la eutanasia es cómica en este sentido: cuando buscan los países respecto de lo cuales Francia está "atrasada", sólo encuentran Bélgica, Holanda y Luxemburgo; no me impresiona mucho.

El resto de la exposición de motivos consiste en una retahíla de citas de Anne Bert, presentadas como "admirables por su fuerza", pero que tuvieron el desafortunado efecto de despertar en mí suspicacias. Así, cuando afirma: "No, la eutanasia no es eugenesia"; sin embargo, es evidente que sus partidarios, desde el "divino" Platón hasta los nazis, son exactamente lo mismo. Del mismo modo, cuando continúa: "No, la ley belga sobre la eutanasia no fomenta el expolio de la herencia"; confieso que no había pensado en ello, pero ahora que lo menciona...

Inmediatamente después, deja caer que la eutanasia "no es una solución de orden económico". Sin embargo, hay algunos argumentos sórdidos que sólo se pueden encontrar entre los "economistas", si es que el término tiene algún significado. Fue Jacques Attali quien, en un viejo libro, insistió mucho en el coste que supone para la colectividad mantener vivos a los ancianos; y no es de extrañar que Alain Minc, más recientemente, haya ido en la misma dirección, Attali no es más que Minc en plan más estúpido (por no hablar del payaso de Closets, que es como el mono de los dos anteriores, su bufón).

Los católicos resistirán como puedan, pero, por desgracia, nos hemos acostumbrado a que los católicos pierdan siempre. Los musulmanes y los judíos piensan, sobre este tema, como en muchos otros temas llamados "sociales" (una palabra fea), exactamente lo mismo que los católicos; los medios de comunicación generalmente hacen un buen trabajo para ocultarlo. No me hago muchas ilusiones, estas confesiones acabarán doblegándose, sometiéndose al yugo de la "ley republicana"; sus sacerdotes, rabinos o imanes acompañarán a los futuros eutanasiados diciéndoles que ahora las cosas  son tan buenas, pero que mañana serán mejores, y que aunque los hombres les abandonen, Dios cuidará de ellos. Admitámoslo.

Desde el punto de vista de los lamas, la situación es probablemente aún peor. Para cualquier lector consecuente del Bardo Thödol, la agonía es un momento especialmente importante en la vida del hombre, pues le ofrece una última oportunidad, incluso en el caso de un karma desfavorable, de liberarse del samsara, el ciclo de encarnaciones. Por tanto, cualquier interrupción anticipada de la agonía es un acto francamente criminal; por desgracia, los budistas no intervienen mucho en el debate público.

Quedan los médicos, en los que tenía fundadas pocas esperanzas, probablemente porque los conocía mal, pues es innegable que algunos de ellos se resisten, se niegan obstinadamente a dar la muerte a sus pacientes, y que quizás seguirán siendo la última barrera. No sé de dónde sacan esa valentía, quizá sea el respeto al juramento hipocrático: "No daré veneno a nadie, aunque me lo pida, y no tomaré la iniciativa de tal sugerencia". Debe haber sido un momento importante en sus vidas, el pronunciamiento público de este juramento. En cualquier caso, es una bonita pelea, aunque uno tenga la impresión de que es una pelea "por el honor". No s es poca cosa, el honor de una civilización; pero es algo más lo que está en juego, a nivel antropológico es una cuestión de vida o muerte. Debo ser muy explícito en este punto: cuando un país -una sociedad, una civilización- llega a legalizar la eutanasia, pierde, en mi opinión, cualquier derecho al respeto. Entonces no sólo es legítimo, sino deseable, destruirlo para que otra cosa -otro país, otra sociedad, otra civilización- tenga la oportunidad de nacer."